Cuentan en las tertulias literarias de Madrid que un día paseaban por el Retiro Rubén Darío y Ramón del Valle-Inclán. Al pasar junto a un estanque Rubén Darío preguntó: ¿cómo se llaman esas plantas tan vistosas?. Don Ramón, tronante y encolerizado, respondió: ¡Esas plantas son los nenúfares cuyo nombre tanto usa usted para hacer rimar sus versos!.
Hoy el nombre de los nenúfares está ya irremediablemente cargado de ominosas resonancias. Porque hace ya veinticuatro años que el Club de Roma, en un libro del que se han vendido millones y millones de ejemplares (más de diez en veintinueve idiomas distintos) titulado Los límites del crecimiento, usó una planta análoga a los nenúfares (el lirio acuático) para trasladar a sus lectores la angustia por el gravísimo riesgo de destrucción de la vida en el planeta Tierra a la que la estupidez, el egoísmo y la maldad de las clases dominantes nos ha llevado. Decía así el libro del Club de Roma:
"Supóngase que usted posee un estanque en el que crece un lirio acuático. Cada día la planta duplica su tamaño. Si el lirio pudiera tener un crecimiento incontrolado, en 30 días cubriría el estanque por completo, eliminando cualquier otra forma de vida que se hubiera desarrollado en el agua. Durante algún tiempo el lirio parece pequeño, por lo que usted decide no podarlo sino hasta que cubra la mitad del estanque. ¿Cuándo será eso?. El día 29, desde luego. Usted sólo tiene un día para salvar su estanque" (MEADOWS ET ALII 1972: 47)
La intención del Club de Roma era transparente: advertir a sus lectores de que estábamos ya en ese día 29 para el planeta Tierra. Y advertir del peligro de no darse cuenta y de, por ello, no hacer nada. En las páginas finales se afirmaba:
"No emprender ninguna acción para resolver estos problemas equivale a emprender una acción poderosa. Cada día que transcurre de crecimiento exponencial sostenido va acercando al sistema mundial a sus límites últimos de crecimiento. La decisión de no hacer nada aumenta el riesgo del colapso." (ibidem: 230)
Por desdicha no parece que, a pesar de venderse millones de ejemplares de ese libro, sus avisos fueran escuchados. Porque en 1991 el Club de Roma ha publicado un nuevo informe titulado La primera revolución mundial en cuyo prólogo tiene que reconocer su presidente que: "Con la excepción de la amenaza nuclear los peligros que acechan a la Humanidad son probablemente mayores y más inminentes que los de 1972, y, sin duda, se nos acusará, como antes, de constituirnos en heraldos de la ruina y la destrucción". (KING y SCHNEIDER 1991: 10)
Y en la introducción se leen cosas tan crudas como éstas:
"La especie humana, en su búsqueda de ganancias materiales mediante la explotación de la Naturaleza, está caminando aceleradamente hacia la destrucción del planeta mismo. La amenaza de destrucción nuclear, aunque menos inminente, permanece con nosotros, y la posibilidad de un cambio climático irreversible, con consecuencias sólo borrosamente previsibles, constituye una amenaza inminente. Estos ingredientes de la problemática actual tienen un carácter mundial, y ni aun las más grandes potencias pueden abordarlos aisladamente con éxito" . (Ibidem: 21)
¿Se da usted cuenta de la enormidad, de la gravedad, de la angustia que se encierran en una frase como la que hemos subrayado con negritas en la cita anterior?. "La especie humana está caminando aceleradamente hacia la destrucción del planeta mismo". Lo que incrementa la angustia es el hecho de que durante esos veinte años (1972-1991) que separan los dos Informes del Club de Roma, en los que la situación se ha agravado, muchas otras voces autorizadas se han alzado inútilmente para duplicar y reduplicar los avisos.